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22 de junio de 2012

Rio 20, La izquierda marrón, Blog de Eduardo Gudinas


En estos días está en marcha una nueva cumbre global sobre ambiente y desarrollo. La llamada “Rio +20”, se celebra veinte años después de la famosa Eco ’92 de Rio de Janeiro. Las apuestas a una nueva “economía verde” que permita relanzar el crecimiento en los países industrializados, no logran superar las contradicciones entre economías y ecología que se mantienen en las últimas décadas. Entretanto la situación ambiental planetaria se ha deteriorado sustancialmente.
Como aporte al debate de estos días, comparto con ustedes un reciente artículo, “Economía verde, izquierda marrón“, que acabo de publicar en el semanario Brecha (Montevideo). Al final se encontrarán dos recuadros; uno es un breve repaso de las discusiones de las cumbres mundiales sobre ambiente y desarrollo en los últimos 40 años, y el otro, es un recuerdo de la “sal y pimienta” que sí tuvo la Eco de 1922, y que está ausente en el actual encuentro. Sigue el texto:
Todos los informes científicos que están leyendo los delegados gubernamentales que viajarán a Rio concuerdan en alertar sobre la grave situación ambiental del planeta. Por ejemplo, el indicador del “Estado de la Vida” en el planeta, que recopila información sobre mamíferos, aves y otros grupos, ha caído un 30% desde 1970.
En paralelo al cambio climático, se considera que aproximadamente la mitad de la superficie terrestre estará artificializada en los próximos años, cubiertas por cultivos, carreteras o ciudades. Los lectores más jóvenes de Brecha serán testigos del futuro colapso de dos de las mas grandes ecoregiones sudamericanas: el cerrado y la caatinga en Brasil. Terminarán desvaneciéndose, tal como ocurrió hace un siglo atrás con la Mata Atlántica, el segunda selva tropical más extensa del continente.
Se avecinan nuevos problemas, muchos de los cuales resultarán esotéricos para el lector: la acumulación de miles de millones de diminutas partículas de plástico o la pérdida de oxígeno en distintas áreas oceánicas que desembocarán en zonas sin vida. Así como hoy se habla de cambio climático global, también se está comenzando a discutir cambios planetarios, por ejemplo, en los ciclos del nitrógeno.
La capacidad biológica de todo el planeta tierra, estimada por un indicador de la superficie que brinda recursos como alimentos o agua, o que recibe los desperdicios, suma un total de 12 mil millones de hectáreas disponibles en cada año. Pero la población actual consume mucho mas, unos 18,2 miles millones de equivalentes globales de hectáreas. Ya hemos superado los límites ecológicos del planeta.
La acumulación de estos problemas, apenas resumida aquí, lleva a que muchos expertos alerten sobre un inminente cambio ecológico a escala planetaria. No se está hablando de la desaparición de una especie en algún sitio remoto o la contaminación de alguna laguna, sino que al traspasarse un umbral, se encadenan una serie de crisis ecológicas.
La apuesta desarrollista
La actitud prevaleciente en muchos gobiernos por momentos admite la seriedad de los problemas ambientales enfrentados, pero las soluciones que ponen sobre la mesa no sólo son insuficientes, sino que pueden agravar la situación.
Actualmente el centro de las discusiones gira alrededor de la llamada “economía verde”, postulándose reformas de diverso tipo en procesos productivos, paquetes de subsidios o sistemas impositivos, para promover actividades amigables con el ambiente. No hay cambios sustanciales en los procesos productivos, sino que se busca ampliar el espectro de negocios posibles para incorporar a la propia Naturaleza.
Las naciones industrializadas llegan a Rio de Janeiro con una agenda dividida en muchos temas específicos, como puede ser el abordaje del cambio climático, pero casi todas ellas aspiran a implantar esta nueva “economía verde”. Su propósito es relanzar el crecimiento económico a partir de sectores ecológicos, como serían las energías renovables o la instalación de “servicios ecológicos” que se podrían comprar o vender en los mercados. Muchos consideran que el estancamiento económico europeo podría superarse con esta “economía verde”.
Las naciones del sur en general observan estas propuestas por un lado como una oportunidad para lograr beneficios (por ejemplo, acceder a nuevos mercados de bienes y servicios ambientales), pero por otro lado, hay cierto temor en que sean usadas para el proteccionismo comercial.
El diálogo político por momentos se vuelve bizarro. Los países del norte reclaman algunas medidas ambientales contundentes, pero los del sur responden que como son pobres, aceptarían esas medidas si se les transfieren recursos financieros y tecnologías. Naciones como China o Brasil en unos momentos se presentan como nuevas potencias económicas emergentes, pero en otros momentos se encogen, vuelven a ser subdesarrolladas, y piden dinero de la cooperación internacional.
El contexto Latinoamericano
En ese marco, los países latinoamericanos llegarán a Rio de Janeiro también cargando con sus divergencias. Comencemos por Brasil: bajo el gobierno Lula da Silva los temas ambientales perdieron relevancia; se intentó controlar la deforestación en la Amazonia, pero en otras áreas se priorizaron proyectos productivos y exportadores. La situación se ha agravado bajo el gobierno de Dilma Rousseff a tal punto que un grupo de grandes organizaciones ambientalistas hace pocos meses atrás sostuvieron que se vive el “mayor retroceso de la agenda socio-ambiental desde el final de la dictadura militar”. En el plano internacional, Brasilia sigue una agenda ambiental unilateral, ya que no coordina ni el seno del MERCOSUR (donde hay un grupo en esta materia), ni tampoco con los demás países del continente (GRULAC – Grupo Latinoamericano).
Todos los demás vecinos sudamericanos llegarán a Rio de Janeiro cargando serios problemas ambientales. En estas últimas semanas están en marcha graves conflictos ambientales especialmente en las naciones andinas. En Bolivia está avanzando una nueva marcha indígena que reclama proteger un parque nacional, en Perú las protestas mineras han incluido represión policial, muertos, y hasta una crisis en el gabinete de Ollanta Humana, y en Ecuador, finalizó pocas semanas atrás una multitudinaria marcha nacional en defensa del agua y contra la minería. Con una conflictividad mas baja, aunque no sin tensión, se encuentran las resistencias locales a la minería en Argentina o las represas en Chile, similares a las disputas que se viven en Uruguay frente a Aratirí u otros proyectos.
La respuesta de buena parte de estos gobiernos ha sido muy similar: criminalizar la protesta ciudadana, iniciar acciones judiciales contra sus líderes, y burlarse de los temas ambientales, concibiéndolos como trabas al desarrollo. La criminizalización y judicialización, que avanza en los países andinos y Argentina, se enfoca en los líderes sociales o en condicionamientos legales a las ONGs de base o redes nacionales.
Las posturas políticas se pueblan de contradicciones. El presidente Evo Morales reclama medidas globales enérgicas contra el cambio climático, pero no las toma dentro de su países, y ahora considera que las demandas de indígenas o ambientalistas son una nueva forma de colonialismo.
La burla se ha convertido en otro instrumento común. Así como José Mujica se burlaba de quienes defienden los venados o las dunas costeras, otros mandatarios hacen cosas similares. Rafael Correa de Ecuador califica las demandas ambientales como “infantilismo de izquierda” y Cristina Fernández de Argentina, los tipifica como una postura esnob.
Todo esto hace que el progresismo gobernante en América del Sur llegue a Rio de Janeiro en una situación muy incómoda. En todos los países la agenda ambiental está en retroceso, se flexibilizan los controles ecológicos, y se aceptan grandes inversiones con alto impacto en el entorno.
Las estrategias de desarrollo siguen basadas en aumentar las exportaciones de materias primas, aprovechando el alto precio en los mercados internacionales y la voraz demanda asiática. Es cierto que bajo el progresismo ha regresado el Estado, y que se intentan distintos programas de asistencia social para reducir la pobreza, y que esto ha sido exitoso. Pero también debe reconocerse que en todos estos países, desde la Venezuela de Chávez al modelo Kirchner “nac & pop” (nacional y popular), se sigue dependiendo de las materias primas.
Las nuevas estrellas que alimentan el actual crecimiento económico en unos casos son hidrocarburos, en otros minerales, y más cerca nuestro, monocultivos como la soja. Esta estrategia está repleta de impactos ambientales, que van desde la contaminación minera y petrolera, a la pérdida de áreas silvestres por el avance de la frontera agropecuaria. Pero el progresismo necesita de esos emprendimientos, ya que ellos son esenciales para financiar sus planes de lucha contra la pobreza basados en pagos mensuales en dinero (tal como hace el MIDES en nuestro país).
No se logra romper una relación productiva y comercial desigual. Mientras que en el pasado América Latina enviaba sus materias primas al norte industrializado para luego comprarles sus manufacturas, mientras que hoy las exportamos a China, para importar desde allí electrodomésticos, automóviles o textiles.
Bajo esta situación, si se implantan medidas ambientales en serio, muchos emprendimientos extractivos serían inviables ya que nunca lograrían pasar las evaluaciones de impacto ambiental. También sería necesario contener el consumismo, en unos casos porque involucra productos con componentes tóxicos, terminan en mucho desperdicio o consumen mucha energía. Estos son límites que ni siquiera los gobiernos progresistas están dispuestos a cruzar, de donde sus intervenciones en las negociaciones de Rio+20 terminan en cuestiones menores, campañas publicitarias o apelaciones a la responsabilidad empresarial.
También han cambiado los actores involucrados en estas contradicciones ambientales. En el pasado, las empresas transnacionales de los países industrializados eran responsables de muchas debacles ecológicas. Pero hoy nos encontramos que se viven problemas concretos con corporaciones que son latinoamericanas, como pueden ser las brasileñas Petrobrás (hidrocarburos) o Vale (una de las empresas mineras más grande del mundo). La situación se vuelve más complicada todavía, cuando se descubre que buena parte de la propiedad accionaria de esas empresas está en manos del gobierno brasileño, su banco de desarrollo (BNDES) o de los fondos de pensión de los grandes sindicatos. Aquí se origina una nueva tensión y fractura en los debates en Rio de Janeiro, ya que unos cuantos movimientos sociales, incluyendo grandes sindicatos, ven con buenos ojos la actual ola extractivista que descansa en los recursos naturales, y no están dispuestos a aceptar medidas ambientales sustantivas.
Entretanto, para las comunidades campesinas o indígenas de Perú, Bolivia o Ecuador afectadas por emprendimientos petroleros, hidroeléctricos o mineros, no encuentran diferencias entre empresas brasileñas o afincadas en el hemisferio norte, o entre aquellas que en su junta directiva tienen sindicalistas progresistas o economistas neoliberales.
Es así que a Rio de Janeiro llega una izquierda latinoamericana que ha reciclado la vieja tradición de exportar materias primas. Su agenda es cada vez menos verde, en tanto acepta la destrucción de la Naturaleza, y al centrarse en el desarrollismo convencional, se vuelve marrón, con toda su carga de contaminación. Es por estas razones que este progresismo se está convirtiendo en una “izquierda marrón”.
Bajo esta compleja situación, y a su vez enmarcada en una crisis económica en los países desarrollados, nadie está dispuesto a asumir los costos de un cambio de rumbo sustancial en el desarrollo. La idea de una “economía verde”, por sus limitaciones, alimenta el creciente escepticismo. Seguirá por lo tanto, pendiente el recurrente problema de la inviabilidad del camino desarrollista actual.
RECUADRO
LA SAL Y PIMIENTA
Hace veinte años atrás estuve en la Eco’92 de Rio de Janeiro. La vitalidad en aquellos tiempos es muy distinta a la actual Rio +20, y vale la pena compartir algunos recuerdos.
Al finalizar la década de 1980, la temática ambiental estaba en una fase de expansión y proliferación, tanto en ideas como en sus prácticas. Se estaban instalando nuevas disciplinas como la biología de la conservación, la economía ecológica o la ética ambiental, las que de variadas formas contribuyeron a los debates en Rio. Uruguay no estuvo ajeno a esas innovaciones; por ejemplo, en Montevideo se celebró la consulta latinoamericana sobre una nueva estrategia para conservar la biodiversidad, la que fue uno de los insumo claves en el texto de la convención que en esa materia aprobaron los gobiernos en Rio.
La perspectiva ecológica se adentraba en campos totalmente novedosos en aquellos tiempos, como eran las implicancias ambientales en el comercio internacional de mercancías o en los flujos de capital. Uruguay también alcanzó visibilidad en estos temas, al evaluarse los impactos de un préstamo del BID para la electrificación del riego para arroz. La desaparición de bañados y esteros en el Este del país afectaría a poblaciones de aves, que no sólo eran uruguayas, ya que también había migrantes desde el extremo sur del continente como desde Canadá y Estados Unidos.
La presión ciudadana era enorme. Fue la primera cumbre gubernamental de las Naciones Unidas con una participación de varios miles de delegados de movimientos sociales, que incluso organizaron su propia “cumbre paralela”. Centenas de carpas se agrupaban en la explanada de la playa de Flamengo, con sus talleres en las mañanas y tardes, reuniones de trabajo o recitales en las noches, albergando una variedad multirracial y cultural impactante. Se agolpaban trajes típicos, lucidos con orgullo, y lenguas de los más alejados rincones del planeta. Toda esa masa humana ejercía una presión enorme sobre los gobiernos.
Las actitudes políticas también eran otras. Nadie se burlaba públicamente del tema ambiental. En Uruguay, entre los principales promotores de la temática ambiental se encontraban un senador del Partido Comunista, Leopoldo Bruera, y un diputado del Partido Socialista, Ramón Legnani. Las posturas verdes de esos y otros legisladores de aquel Frente Amplio, se me ocurren imposibles en la actualidad. Bruera, por ejemplo, insistía en potenciar al ministerio del ambiente y en contar con una ley efectiva en evaluación del impacto ambiental, mientras que en la actualidad muchos parlamentarios observan en silencio los intentos para desmembrar ese ministerio y aligerar las exigencias ambientales.
Uruguay ya contaba con un ministerio del ambiente, desde donde se elaboró un informe técnico, a su vez basado en una consultoría realizada con la OEA, que fue coordinada por Jorge Rucks, quien ahora es el director de la Dirección Nacional de Medio Ambiente. El presidente Luis A. Lacalle viajó a Río, junto a una delegación multipartidaria, mientras que el intendente Tabaré Vázquez participó de un foro de alcaldes. Durante la cumbre, al presidente Lacalle se le escapó que buscaba construir una central nuclear en Paso de los Toros, lo que desató un fuerte rechazo ciudadano.
RECUADRO
UN PROCESO DE CUARENTA AÑOS
1972
Rio+20 es el paso más reciente en un proceso que formalmente comenzó en 1972, con la primera cumbre internacional sobre ambiente y desarrollo, celebrada en Estocolmo (Suecia). En aquel tiempo, las naciones occidentales, el bloque soviético, y los países del sur, incluyendo los que se denominaban “no alineadas”, abordaron los primeros síntomas de la crisis ecológica.
En esos años se lanzó la advertencia que el crecimiento económico perpetuo era imposible, ya que más tarde o más temprano, las economías encontrarían sus límites ambientales. En unos casos éstos se debían al agotamiento de recursos naturales, como hidrocarburos o minerales. En otros casos, respondían a las limitaciones de la Naturaleza en poder superar la contaminación y otros impactos humanos. Durante casi quince años se agudizó un debate que concebía una oposición entre metas económicas y ecológicas que no era posible resolver bajo el estilo de desarrollo convencional. Esas advertencias ambientales eran combatidas tanto por la derecha como la izquierda política, y en particular los dependentistas latinoamericanos.
1987
Un nuevo paso tuvo lugar en 1987, cuando una comisión de las Naciones Unidas intentó superar la contradicción entre “conservación” y “crecimiento” económico. Su reporte, “Nuestro Futuro Común”, presentó una versión del “desarrollo sostenible” que entendía a la protección de la Naturaleza como indispensable para asegurar el crecimiento económico. Se buscó dejar contentos a todos: se reconocía la gravedad creciente de la crisis ambiental, pero no se rechazaba el crecimiento económico; se defendía cierta conservación de la Naturaleza, pero se mantenía la clásica postura de aceptar que la pobreza y el desarrollo dependían de la marcha económica.
1992
El siguiente paso se concretó en 1992 con la Cumbre de la Tierra en Rio de Janeiro, donde se aprobaron los más importantes tratados internacionales ambientales, como es el caso de la Convención sobre la Diversidad Biológica o la Convención Marco sobre Cambio Climático. El impacto de aquel evento fue enorme, y sentó las bases de la gobernanza ambiental contemporánea.
2002
Los diez años del encuentro en Rio de Janeiro (Rio + 10) se celebraron con una nueva cumbre pero en Sud Africa. No se acordó ningún nuevo tratado en temas ambientales, pero bajo la sombra de las ideas neoliberales, se instalaron los reclamos para mercantilizar la Naturaleza. Los países sudamericanos, con Brasil a la cabeza, se sumaron a esa perspectiva.
   Publicado en Brecha, 15 junio 2012, pp 33-35, Montevideo.

12 de junio de 2012

Por una vida más frugal: Nicolas Ridoux


En el origen de la grave crisis actual hay una nueva manifestación de la desmesura, de la búsqueda infinita de omnipotencia. Las empresas y entidades financieras han estado persiguiendo obtener unos beneficios en crecimiento perpetuo. En esta búsqueda incesante del "cada vez más", los mercados existentes no bastaban, y hubo que crear mercados incluso donde no existían. Las consecuencias de todo ello en la economía real serán por desgracia de amplio alcance, y afectarán especialmente a los más débiles. Como consecuencia de esta crisis, la mayoría de nuestros dirigentes, antes neoliberales, de repente parecen haber descubierto a Lord Keynes. Pues bien, ¿qué es lo que Keynes nos dice? "La dificultad no es tanto concebir nuevas ideas como saber librarse de las antiguas".
Debemos abandonar la ideología productivista, que está desconectada del progreso humano y social
Se trata de utilizar los beneficios obtenidos para que todos puedan trabajar moderadamente
Eso es lo que pretende el movimiento del "decrecimiento", que propone una crítica constructiva, argumentada, pluridisciplinar, de rechazo de los límites que constriñen nuestras sociedades contemporáneas, para así poder liberarnos de ese "cada vez más". La filosofía del decrecimiento trata de explicar que en muchas ocasiones "menos es más".
¿Qué es exactamente lo que está ocurriendo en nuestros días? No estamos padeciendo una crisis sino un conjunto de ellas: crisis ecológica (energética, climática, pérdida de la biodiversidad, etcétera); crisis social (individual y colectiva, aumento de las desigualdades entre las naciones y en el seno de las mismas, etcétera); crisis cultural (inversión de valores, pérdida de referentes y de las identidades, etcétera); a lo que ahora se añade la doble crisis financiera y económica. Todas ellas no son crisis aisladas, sino más bien el resultado de un problema estructural, sistémico: cuyo origen está en la desmesura, en la búsqueda obsesiva del "cada vez más".
¿Qué se puede decir sobre la crisis económica desde el punto de vista de quienes somos "objetores al crecimiento"? Que nadie se equivoque, porque decrecimiento no es sinónimo de recesión. Tal como escribí hace más de dos años: "No hay que elegir entre crecimiento o decrecimiento, sino más bien entre decrecimiento y recesión. Si las condiciones ambientales, sociales y humanas impiden que siga el crecimiento, debemos anticiparnos y cambiar de dirección. Si no lo hacemos, lo que nos espera es la recesión y el caos".
Ahora hemos entrado en recesión, pero que nadie se confunda, no en una sociedad de "decrecimiento". Para empezar, no hemos cambiado nuestra organización social, y en la actual organización todas las instituciones y mecanismos redistributivos se nutren de la idea del crecimiento. En una sociedad así, cuando el crecimiento falta, la situación es inevitablemente dramática. El decrecimiento es algo totalmente distinto. Significa crecer en humanidad, esto es, teniendo en cuenta todas las dimensiones que constituyen la riqueza de la vida humana.
El decrecimiento no es un crecimiento negativo, ni propugna tampoco una recesión ni una depresión; sería ridículo tomar nuestro sistema actual y ponerlo del revés y de esa manera intentar superarlo. El decrecimiento supone que debemos desacostumbrarnos a nuestra adicción al crecimiento, descolonizar nuestro imaginario de la ideología productivista, que está desconectada del progreso humano y social. El proyecto del decrecimiento pasa por un cambio de paradigma, de criterios, por una profunda modificación de las instituciones y un mejor reparto de la riqueza.
Es claro que el crecimiento económico pretende aliviar la suerte de los más desfavorecidos sin tocar demasiado las rentas de los más ricos, para no enfrentarse a su reacción política. En ese sentido, el decrecimiento pasa necesariamente por una redistribución (restitución) de la riqueza.
En un mundo de recursos limitados, las cosas no pueden crecer de manera indefinida. Por eso, "la objeción al crecimiento" habla de la necesidad de compartir, el regreso de la sobriedad, en particular para aquellos que sobreconsumen. Hacemos nuestras estas palabras de Evo Morales, presidente de la República de Bolivia, que el 24 de septiembre de 2008 afirmó en la Asamblea General de las Naciones Unidas: "No es posible que tres familias tengan rentas superiores a la suma de los PIB de los 48 países más pobres (...) Estados Unidos y Europa consumen de media 8,4 veces más que la media mundial. Es necesario que bajen su nivel de consumo y reconozcan que todos somos huéspedes de una misma tierra".
Hay que acabar con la idea de que "el crecimiento es progreso" y la condición sine qua non de un desarrollo justo. El crecimiento es adornado por sus defensores con todas las virtudes, por ejemplo en materia de empleo. Sin embargo, como dijo Juan Somavia, director general de la OIT, en su informe de enero de 2007: "Diez años de fuerte crecimiento no han tenido más que un leve impacto -y sólo en un pequeño puñado de países- en la reducción del número de trabajadores que viven en la miseria junto con sus familias. Así como tampoco ha hecho nada por reducir el paro". En efecto, los beneficios empresariales han sido tan enormes que ni siquiera un crecimiento fuerte ha podido crear empleo, de ahí la persistencia del paro. La recesión agrava brutalmente este problema. Pero es ilusorio pensar que, para que todo el mundo tenga trabajo, lo que hay que hacer es restaurar el crecimiento económico y aumentar cada vez más las cantidades producidas; esta sobreproducción no tiene ningún sentido, no consigue el pleno empleo y, encima, compromete gravemente las condiciones de supervivencia del planeta.
Volvamos a Keynes, aunque no el que relanza las economías desfallecientes gracias a la intervención del Estado, sino al que escribía en sus Perspectivas económicas para nuestros nietos (1930) que sus nietos (es decir, nuestra generación) deberían liberarse de la coacción económica, trabajar 15 horas semanales y tender a una mayor solidaridad que permitiese compartir el nivel de producción ya alcanzado. No hacerlo así, según él, nos llevaría a caer en una "depresión nerviosa universal".
La filosofía del decrecimiento hoy dice que debemos trabajar menos para vivir mejor. No tener la mira puesta en el poder adquisitivo (que a menudo es engañoso y reduce al hombre a la única dimensión de consumidor), sino buscar el poder de vivir. Se trata de cambiar la actual organización de la producción y repartir mejor el trabajo: utilizar los beneficios obtenidos para que todos trabajen moderadamente y todas las personas tengan un empleo. Esta reorganización debe ir acompañada de una revisión de las escalas salariales. No es aceptable que algunos empresarios ganen varios centenares o miles de veces más el salario de sus propios trabajadores.
Reducir la cantidad de trabajo permitiría asimismo que pudiésemos llevar una vida más equilibrada, que nos realizáramos a través de cosas que no sean la sola actividad profesional: vida familiar, participación en la dinámica del barrio, vida asociativa, y también actividad política, práctica de las artes...
Un modo de vida más frugal, que se tomara en serio los valores humanistas y tuviese en cuenta la belleza, conduciría a producir menos pero con mejor calidad. Una producción de calidad pide habilidad y tiempo, y ofrecería empleos numerosos y más gratificantes. Supone no recurrir sistemáticamente a la potencia industrial (exige sobriedad energética) lo cual mejoraría la necesidad de fuerza de trabajo (como se observa al comparar la agricultura intensiva, muy mecanizada, gran consumidora de petróleo pero parca en mano de obra, con la agricultura biológica). De esta manera, quizá también se pudiese equilibrar mejor trabajo intelectual y trabajo manual, y combatir al mismo tiempo la epidemia de obesidad que padecen nuestras sociedades demasiado sedentarias.
Devolver el protagonismo a la persona, restaurar el espíritu crítico frente al modelo dominante del "cada vez más" y abrir el debate sobre nuestra forma de vivir y sus límites, saber tomarse tiempo para mantener una relación equilibrada con los demás, ése es el camino que propone la filosofía del decrecimiento. Se trata de sustituir el crecimiento estrictamente económico por un crecimiento "en humanidad". Es una tarea estimulante, un desafío que merece la pena intentar.
Nicolas Ridoux es autor de Menos es más. Introducción a la filosofía del decrecimiento (Los Libros del Lince).

11 de junio de 2012

Frank Korten entrevista a Nobel de economía sobre los "comunes"


Fran Korten: When you first learned that you had won the Nobel Prize in Economics, were you surprised?
Elinor Ostrom: Yes. It was quite surprising. I was both happy and relieved.
Fran: Why relieved?
Elinor: Well, relieved in that I was doing a bunch of research through the years that many people thought was very radical and people didn’t like. As a person who does interdisciplinary work, I didn’t fit anywhere. I was relieved that, after all these years of struggle, someone really thought it did add up. That’s very nice.
And it’s very nice for the team that I’ve been a part of here at the Workshop. We have had a different style of organizing. It is an interdisciplinary center—we have graduate students, visiting scholars, and faculty working together. I never would have won the Nobel but for being a part of that enterprise.
Fran: It’s interesting that your research is about people learning to cooperate. And your Workshop at the university is also organized on principles of cooperation.
Elinor: I have a new book coming out in May entitled Working Together, written with Amy Poteete and Marco Janssen. It is on collective actions in the commons. What we’re talking about is how people work together. We’ve used an immense array of different methods to look at this question—case studies, including my own dissertation and Amy’s work, modeling, experiments, large-scale statistical work. We show how people use multiple methods to work together.
Fran: Many people associate “the commons” with Garrett Hardin’s famous essay, “The Tragedy of the Commons.” He says that if, for example, you have a pasture that everyone in a village has access to, then each person will put as many cows on that land as he can to maximize his own benefit, and pretty soon the pasture will be overgrazed and become worthless. What’s the difference between your perspective and Hardin’s?
Elinor: Well, I don’t see the human as hopeless. There’s a general tendency to presume people just act for short-term profit. But anyone who knows about small-town businessesand how people in a community relate to one another realizes that many of those decisions are not just for profit and that humans do try to organize and solve problems.
If you are in a fishery or have a pasture and you know your family’s long-term benefit is that you don’t destroy it, and if you can talk with the other people who use that resource, then you may well figure out rules that fit that local setting and organize to enforce them. But if the community doesn’t have a good way of communicating with each other or the costs of self-organization are too high, then they won’t organize, and there will be failures.
Fran: So, are you saying that Hardin is sometimes right?
We have to think through how to choose a meaningful life where we’re helping one another in ways that really help the Earth. 
Elinor: Yes. People say I disproved him, and I come back and say “No, that’s not right. I’ve not disproved him. I’ve shown that his assertion that common property will always be degraded is wrong.” But he was addressing a problem of considerable significance that we need to take seriously. It’s just that he went too far. He said people could never manage the commons well.
At the Workshop we’ve done experiments where we create an artificial form of common property—such as an imaginary fishery or pasture, and we bring people into a lab and have them make decisions about that property. When we don’t allow any communication among the players, then they overharvest. But when people can communicate, particularly on a face-to-face basis, and say, “Well, gee, how about if we do this? How about we do that?” Then they can come to an agreement.
Fran: But what about the “free-rider” problem—where some people abide by the rules and some people don’t? Won’t the whole thing fall apart?
Elinor: Well if the people don’t communicate and get some shared norms and rules, that’s right, you’ll have that problem. But if they get together and say, “Hey folks, this is a project that we’re all going to have to contribute to. Now, let’s figure it out,” they can make it work. For example, if it’s a community garden, they might say, “Do we agree every Saturday morning we’re all going to go down to the community garden, and we’re going to take roll and we’re going to put the roll up on a bulletin board?” A lot of communities have figured out subtle ways of making everyone contribute, because if they don’t, those people are noticeable.
Fran: So public shaming and public honoring are one key to managing the commons?
Elinor: Shaming and honoring are very important. We don’t have as much of an understanding of that. There are scholars who understand that, but that’s not been part of our accepted way of thinking about collective action.
Fran: Do you have a favorite example of where people have been able to self-organize tomanage property in common?
Elinor: One that I read early on that just unglued me—because I wasn’t expecting it—was the work of Robert Netting, an anthropologist who had been studying the alpine commons for a very long time. He studied Swiss peasants and then studied in Africa too. He was quite disturbed that people were saying that Africans were primitive because they used common property so frequently and they didn’t know about the benefits of private property. The implication was we’ve got to impose private property rules on them. Netting said, “Are the Swiss peasants stupid? They use common property also.”
Descripción: The Alps8 Keys to a Successful Commons
Advice on how to govern our commons by Nobel winner Elinor Ostrom. 
Let’s think about this a bit. In the valleys, they use private property, while up in the alpine areas, they use common property. So the same people know about private property and common property, but they choose to use common property for the alpine areas. Why? Well, the alpine areas are what Netting calls “spotty.” The rainfall is high in one section one year, and the snow is great, and it’s rich. But the other parts of the area are dry. Now if you put fences up for private property, then Smith’s got great grass one year—he can’t even use it all—and Brown doesn’t have any. So, Netting argued, there are places where it makes sense to have an open pasture rather than a closed one. Then he gives you a very good idea of the wide diversity of the particular rules that people have used for managing that common land.
Fran: Why were Netting’s findings so surprising to you?
Elinor: I had grown up thinking that land was something that would always move to private property. I had done my dissertation on groundwater in California, so I was familiar with the management of water as a commons. But when I read Netting, I realized that when there are “spotty” land environments, it really doesn’t make sense to put up fences and have small private plots.
Fran: Lin, if you were to have a sit-down session with someone with a big influence on natural resources policy—say Robert Zoellick, head of the World Bank, or Ken Salazar, Secretary of the U.S. Department of the Interior, what would be your advice?
Elinor: No panaceas! We tend to want simple formulas. We have two main prescriptions: privatize the resource or make it state property with uniform rules. But sometimes the people who are living on the resource are in the best position to figure out how to manage it as a commons.
Fran: Is there a role for government in those situations?
Elinor: We need institutions that enable people to carry out their management roles. For example, if there’s conflict, you need an open, fair court system at a higher level than the people’s resource management unit. You also need institutions that provide accurate knowledge. The United States Geological Survey is one that I point to repeatedly. They don’t come in and try to make proposals as to what you should do. They just do a really good job of providing accurate scientific knowledge, particularly for groundwater basins such as where I did my Ph.D. research years ago. I’m not against government. I’m just against the idea that it’s got to be some bureaucracy that figures everything out for people.
Fran: How important is it that there is a match between a governing jurisdiction and the area of the resource to be managed?
Elinor: To manage common property you need to create boundaries for an area at a size similar to the problem the people are trying to cope with. But it doesn’t need to be a formal jurisdiction. Sometimes public officials don’t even know that the local people have come to some agreements. It may not be in the courts, or even written down. That is why sometimes public authorities wipe out what local people have spent years creating.
Fran: You’ve done your research on small- and medium-sized natural resource jurisdictions. How about the global commons? We have the problems of climate change and oceans that are dying. Are there lessons from your work that are relevant to these massive problems we’re now facing?
Elinor: I really despair over the oceans. There is a very interesting article in Science on the “roving bandit.” It is so tempting to go along the coast and scoop up all the fish you can and then move on. With very big boats, you can do that. I think we could move toward solving that problem, but right now there are not many instrumentalities for doing that.
Regarding global climate change, I’m more hopeful. There are local public benefits that people can receive at the same time they’re generating benefits for the global environment. Take health and transportation as an example. If more people would walk or bicycle to work and use their car only when they have to go some distance, then their health would be better, their personal pocketbooks would be better, and the atmosphere would be better. Of course, if it’s just a few people, it won’t matter, but if more and more people feel “This is the kind of life I should be living,” that can substantially help the global problem. Similarly, if we invest in re-doing the insulation of a lot of buildings, we can save money as well as help the global environment. Yes, we want some global action but boy, if we just sit around and wait for that? Come on!
Fran: Do you have a message for the general public?
Elinor: We need to get people away from the notion that you have to have a fancy car and a huge house. Some of the homes that have been built in the last 10 years just appall me. Why do humans need huge homes? I was born poor and I didn’t know you bought clothes at anything but the Goodwill until I went to college. Some of our mentality about what it means to have a good life is, I think, not going to help us in the next 50 years. We have to think through how to choose a meaningful life where we’re helping one another in ways that really help the Earth.
Fran: Let’s look ahead 20 years. What would you hope that the world will understand about managing common property systems?
Elinor: What we need is a broader sense of what we call “social ecological systems.” We need to look at the biological side and the social side with one framework rather than 30 different languages. That is big, but I now have some of my colleagues very interested. Some of them are young, and what I find encouraging is that with a bunch of us working together, I can see us moving ahead in the next 20 years or so. Twenty years from now, at 96, I probably won’t be as active.
Fran: Not as active? I wouldn’t bet on that.
Fran Korten: Cuando primero se enteró que había ganado el Premio Nobel de economía, fueron sorprendidos?
Elinor Ostrom: Sí. Fue bastante sorprendente. Estaba feliz y aliviada.
Fran: Por eso alivió?
Elinor: Bien, aliviado de estaba haciendo un montón de investigación a través de los años que muchas de las personas de pensamiento era muy radical y no como personas. Como una persona que realiza una labor interdisciplinaria, no caben en ninguna parte. Estaba aliviado de que, después de todos estos años de lucha, alguien realmente pensaba sumar. Eso es muy bonito.
Y es muy bueno para el equipo que he sido parte de aquí en el taller. Hemos tenido un estilo diferente de organizar. Es un centro interdisciplinario, tenemos estudiantes de posgrado, visitando eruditos y profesores trabajando juntos. Yo nunca hubiera ganado el Nobel, pero por ser una parte de esa empresa.
Fran: Es interesante que su investigación es sobre  aprender a cooperar. Y su taller en la Universidad también está organizado sobre principios de cooperación.
Elinor: tengo un nuevo libro que sale en mayo titulado Trabajando juntos, escrito con Amy Poteete y Marco Janssen. Es sobre las acciones colectivas en los comunes. Lo que estamos hablando es cómo las personas trabajan juntas. Hemos utilizado una inmensa matriz de métodos diferentes para examinar esta cuestión — estudios de casos, incluyendo mi propia tesis y de Amy trabajo, modelado, experimentos, trabajos estadísticos a gran escala. Mostramos cómo las personas utilizan varios métodos para trabajar juntas.
Fran: Muchas personas asocian " los bienes comunes "con el famoso ensayo de Garrett Hardin,"La tragedia de los comunes". Dice que si, por ejemplo, tiene un potrero que todo el mundo en un pueblo tiene acceso a, a continuación, cada persona pondrá tantas vacas de esa tierra como él puede maximizar su propio beneficio, y muy pronto el pasto será sobrepastoreo hasta convertirse en nada. ¿Cuál es la diferencia entre su perspectiva y de Hardin?
Elinor: Bien, no ve al ser humano como desesperado. Hay una tendencia general a presumir que las personas sólo actúan para obtener beneficios a corto plazo. Pero quien sabe de empresas de pequeña ciudad y cómo se relacionan las personas en una comunidad (unos con otros) se da cuenta de que muchas de esas decisiones no son sólo con fines de lucro y que los seres humanos intentan organizar y resolver problemas.
Si estás en una pesquería o tengan un potrero y sabes que beneficio a largo plazo de su familia es no destruir, y si puede hablar con otras personas que utilizan ese recurso, entonces puedes averiguar reglas que ajustan esa configuración local y organizan para aplicarlas. Pero si la Comunidad no tiene una buena forma de comunicarse entre sí  los costos de auto organización son demasiado elevados, entonces no se organizarán y habrá fallos.
Fran: Por lo tanto, están diciendo que a veces tiene razón Hardin?
Tenemos que pensar en cómo elegir una vida significativa donde ayudamos a otros en maneras que realmente ayudan a la tierra.
Elinor: He mostrado que su afirmación de que siempre se degradará propiedad común está equivocado." Pero él estaba abordando un problema de gran importancia que debemos tomar en serio. Es sólo que él iba demasiado lejos. Dijo que la gente nunca podría administrar los bienes comunes bien.
En el taller que hemos realizado experimentos donde creamos una forma artificial de propiedad común — como una pesquería imaginaria o pastos y traemos gente a un laboratorio a tomar decisiones sobre esa propiedad. Cuando no permitimos cualquier comunicación entre los jugadores, luego está fuera de juego. Pero cuando las personas pueden comunicarse, especialmente sobre una base de cara a cara y decir, "bueno, caray, qué tal si hacemos esto? ¿Qué hacemos?" A continuación, puede llegar a un acuerdo.
Fran: Pero qué pasa con el problema de "parasitismo", donde algunas personas acatan las normas y algunas personas no?No todo fall apart?
Elinor: Bien si la gente no se comunica y obtiene algunas normas compartidas y reglas, eso es correcto, vas a tener ese problema. Pero si se reúnen y decir, "Hey gente, este es un proyecto que todos vamos a tener que contribuir a. Ahora, vamos a figura, "pueden hacer que funcione. Por ejemplo, si se trata de un jardín comunitario, dicen, "estamos de acuerdo cada sábado por la mañana nos vamos a bajar al jardín de la comunidad y vamos a tomar el rollo y vamos a aguantar el rollo en un tablón de anuncios?" Muchas comunidades han averiguado sutiles formas de hacer que todos contribuyan, porque si no lo hacen, esas personas son notables.
Fran: Para avergonzar pública y honrar pública son una clave para administrar los bienes comunes?
Elinor: Vergünza y honor son muy importantes. No tenemos como mucho de un entendimiento. Hay eruditos que entienden de esto, pero que no ha sido parte de nuestra forma aceptada de pensar acerca de la acción colectiva.
Fran: Tienes un ejemplo favorito de donde personas han podido auto-organizarse para administrar bienes en común ?
Elinor: He leído desde el principio la obra de Robert Netting, un antropólogo que ha estudiado los comunes alpinos durante un tiempo muy largo. Estudió a los campesinos suizos y, a continuación, en África demasiado. Fue bastante perturbado que personas estaban diciendo que los africanos eran primitivos porque usaron propiedad común con tanta frecuencia y no sabían acerca de los beneficios de la propiedad privada. La implicación fue que tenemos que imponer reglas de propiedad privada sobre ellas. ¿Compensación, dijo, "son los campesinos suizos estúpidos? Utilizan propiedad común también."
8 Claves para una exitosa Commons
Consejos sobre cómo gobernar nuestros comunes por ganador de premio Nobel Elinor Ostrom.
Vamos a pensar en esto un poco. En los valles, que utilizan la propiedad privada, mientras que en las zonas alpinas, utilizan la propiedad común. Así que las mismas personas saben acerca de la propiedad privada y propiedad común, pero elijen utilizar propiedad común para las zonas alpinas. ¿Por qué? Así, las zonas alpinas son la compensación llamada "irregular". La precipitación es alta en una sección de un año y la nieve es excelente y es rica. Pero las otras partes de la zona están secas. Ahora si pones cercas a la propiedad privada, entonces Smith tiene gran césped un año — aún no puede utilizar todo — y Brown no tiene ninguno. Así, argumentó la compensación, hay lugares donde tiene sentido tener un pastizal abierto en lugar de uno cerrado. Entonces esto da una muy buena idea de la diversidad de las normas particulares que las personas han usado para gestionar esa tierra común.
Fran: Por qué fueron tan sorprendente que los hallazgos de compensación?
Elinor: Había crecido de pensando en esa tierra era algo que siempre se movería a la propiedad privada. Yo había hecho mi tesis sobre las aguas subterráneas en California, así que estaba familiarizado con la gestión del agua como dominio público. Pero cuando Leo compensación, me di cuenta de que cuando hay entornos de tierra "irregular", realmente no tiene sentido poner vallas y tener pequeñas parcelas privadas.
Fran: Lin, si se tiene una sesión sentada con alguien con una gran influencia sobre la política de recursos naturales — como Robert Zoellick, jefe del Banco Mundial, o Ken Salazar, Secretario del Departamento estadounidense del Interior, cuál sería su asesoramiento?
Elinor: Ninguna panacea! Tendemos a querer fórmulas sencillas. Tenemos dos recetas principales: privatizar el recurso o hacerla propiedad con normas uniformes del Estado. Pero a veces las personas que viven en el recurso están en la mejor posición para averiguar cómo administrar como una commons.
Fran: Hay un papel para el Gobierno en esas situaciones?
Elinor: Necesitamos instituciones que permiten a las personas llevar a cabo sus funciones de gestión. Por ejemplo, si hay conflicto, necesita un sistema de corte abierto, justo en un nivel superior de la unidad de gestión de recursos de la gente. También necesita instituciones que proporcionan conocimientos precisos. El servicio geológico de Estados Unidos es uno que señalan  repetidamente. No vienen y tratan de hacer propuestas en cuanto a lo que debe hacer. Sólo hacen un trabajo realmente bueno de proporcionar conocimientos científicos precisos, especialmente para las cuencas subterráneas, como cuando se hizo mi investigación de doctorado hace años. No estoy contra el Gobierno. Estoy contra de la idea que tiene que ser cierta burocracia que descubre todo para la gente.
Fran: Lo importante es que hay una coincidencia entre una jurisdicción rector y el área del recurso a gestionarse?
Elinor: Para administrar unq propiedad común necesita crear límites de un área con un tamaño similar al problema con el que las personas están tratando de lidiar. Pero no es necesario ser una competencia formal. Funcionarios públicos a veces ni siquiera saben que la gente local ha llegado a algunos acuerdos. Se puede no estar en los tribunales, o incluso no haberlos escrito. Es decir por qué las autoridades públicas a veces acaban con lo que la gente local ha pasado años creando.
Fran: Por qué has hecho tu investigación sobre pequeñas y medianas  jurisdicciones de los recursos naturales. ¿Por qué los bienes comunes mundiales? Tenemos los problemas del cambio climático y los océanos que están muriendo. Hay lecciones de su trabajo que corresponden a estos grandes problemas que nos estamos enfrentando ahora?
Elinor: Realmente me desespero sobre los océanos. Hay un artículo muy interesante en la ciencia en el "bandido itinerante". Es tan tentador ir a lo largo de la costa y scoop hasta todos los peces, puede  pasar. Con barcos muy grandes, puede hacerlo. Creo que podríamos avanzar hacia la solución de ese problema, pero ahora mismo no hay muchos instrumentos para hacerlo.
Sobre el cambio climático global, soy más optimista. Hay beneficios públicos locales que las personas pueden recibir al mismo tiempo que están generando beneficios para el medio ambiente mundial. Tener salud y transporte como un ejemplo. Si más gente podría caminar o bicicleta para trabajar y utilizar su coche sólo cuando tienen que ir a cierta distancia, entonces su salud sería mejor, sus bolsillos personales serían mejores y la atmósfera sería mejor. Por supuesto, si se trata de unas pocas personas, no importa, pero si más y más gente  siente "Este es el tipo de vida que debo vivir", puede ayudar considerablemente el problema global. Del mismo modo, si invertimos en  el aislamiento de un montón de edificios, podemos ahorrar dinero, así como ayudar al medio ambiente global. ¿Sí, queremos alguna acción global pero también desde lo chico, o simplemente sentarse alrededor y esperar ? ¡Vamos!
Fran: Tienes un mensaje para el público en general?
Elinor: Tenemos que conseguir que la gente salga fuera de la noción que usted tiene que tener un coche de lujo y una casa enorme. Algunas de las casas que se han construido en los últimos 10 años sólo appall me. ¿Por qué necesitamos los seres humanos enormes casas? Nací pobre .A algunos nuestra mentalidad acerca de lo que significa tener una buena vida, no nos va a ayudar en los próximos 50 años. Tenemos que pensar en cómo elegir una vida significativa donde ayudamos a otros en maneras que realmente ayudan a la tierra.
Fran: Vamos a mirar hacia adelante de 20 años. Lo que se esperaría que el mundo comprendiera acerca de cómo administrar los sistemas de propiedad común?
Elinor: Lo que necesitamos es un sentido más amplio de lo que llamamos " sistemas sociales ecológicos". Tenemos que mirar el lado biológico y el social con un marco en lugar de hacerlo en 30 idiomas diferentes. Que es grande, pero ahora tengo algunos de mis colegas muy interesados. Algunos de ellos son jóvenes, y lo que me parece alentador es que con un montón de nosotros trabajando juntos, puedo ver nosotros avanzar en los próximos 20 años o menos. Veinte años a partir de ahora.